LA TENDENCIA AL EQUILIBRIO

LA TENDENCIA AL EQUILIBRIO

La homeostasis se define como el conjunto de fenómenos de autorregulación que permiten el mantenimiento de un determinado sistema.

 

Esto, que puede parecer algo complicado y raro, forma parte de la naturaleza y de nosotros mismos de una manera cotidiana y permanente. Por ejemplo, cuando tenemos frío, nuestro cuerpo se autoregula comenzando a temblar, contrayendo los vasos sanguíneos, y evitando la secreción de fluido por parte de la glándulas sudoríparas, todo ello con la finalidad de mantener el calor corporal. A la inversa, si aumenta la temperatura de nuestro cuerpo, los vasos sanguíneos se dilatan y la glándulas sudoríparas excretan fluido con el objeto de enfriar nuestro cuerpo. Si tenemos un negocio, por ejemplo, y la competencia introduce algún tipo de novedad, deberemos adaptarnos y modificar nuestra forma de funcionar hasta ahora a fin de mantenerlo (por eso, aunque ha tardado, el Burguer King sirve a domicilio). Y así, podemos identificar y enumerar un montón de ejemplos en los que interviene el fenómeno de la homeostasis.

 

Esta propensión al equilibrio está siempre activa y funciona como elemento cohesivo de los diferentes sistemas, es decir, como el pegamento que mantiene todo en su sitio para que no haya ningún  desajuste. Todo lo que nos parece que funciona milagrosamente por sí solo, sin intervención alguna, lo hace en base a un proceso interno constante de autorregulación que tiene como finalidad el mantenimiento del sistema. Así, cuando las cosas están normales: no estamos enfermos, nuestro coche arranca, la caldera calienta el agua, el ordenador no se cuelga, el ascensor nos sube al piso que queremos… cuando todo eso sucede de manera automática, y por ello sin despertar nuestro interés, ya que muestra un comportamiento esperado y habitual, la homeostasis trabaja en la sombra para mantenerlo en orden. Y cuando las cosas fallan, igualmente la homeostasis sigue actuando para reestablecer la normalidad, porque al final, la normalidad se da por un continúo ajuste de los desequilibrios.

 

La predisposición natural al equilibrio hace que los sistemas cuando sufren alguna modificación, se reconfiguren de forma automática para seguir en activo de la manera más funcional posible, es decir, sin perder su identidad como sistema. Imagina que tienes un globo lleno de agua, y que lo estrujas por la mitad quedando éste dividido en dos partes. Si aprietas una de las partes, el agua pasará a la otra, y viceversa, es decir, el sistema se ajusta y se reconfigura llenándose y vaciándose pero no deja de ser un globo lleno de agua, que aunque cambie de forma se va equilibrando manteniendo la misma estructura, no pierde ni una gota de líquido, aunque éste se encuentre cada vez en un sitio diferente.

 

Así en los sistemas sociales, familiares o de pareja, se da el mismo fenómeno que hemos visto hasta ahora. Cuando en una familia un miembro desarrolla un rol, por ejemplo, el padre, y éste falta, naturalmente otro miembro del sistema familiar acudirá a reemplazarle cubriendo el espacio que se ha dejado, desempeñando su rol y sus funciones, a fin de que el sistema siga funcionando. La familia se ha autoregulado, y se ha reequilibrado de la manera más funcional posible, lo que no quiere decir que sea la más óptima. Del mismo modo, cuando llega un miembro nuevo, por ejemplo con el nacimiento o la adopción de un niño o niña, hay que hacerle hueco y por tanto, reestructurar y reconfigurar el sistema de manera que tenga su espacio.

 

Estos cambios que afectan a las familias y a las parejas, obligan a renegociar las normas que se habían dado y que hasta ese momento eran funcionales; imponen el establecimiento de nuevos límites, ampliados o reducidos, no sólo con los miembros más cercanos, sino con las familias de origen, y todo esto, no suele ser sencillo, ya que la tendencia homeostática que hemos visto, hará que por la pura tendencia natural al equilibrio, se reajusten para seguir existiendo, teniendo identidad, pero la nueva estructura puede ser disfuncional.

 

 

El individuo también debe autoregularse y adaptarse a su entorno, ya sea de pareja, familiar o social, y llevar a cabo sus propios ajustes a fin de seguir siendo parte funcional de su sistema. Hay  que tener en cuenta que la persona es la pieza mínima irreductible de cualquier sistema, y que como ente individual, además, participa de un montón de sistemas diferentes donde se comporta de manera distinta, siendo en cada uno de ellos una pieza desigual que cumple su particular función. Así, somos parejas, hijos, hijas, padres, madres, amigas, amigos, hermanas, hermanos, empleadas, empleados, vecinos, vecinas, ciudadanos, ciudadanas, asistentes a algunos eventos, ponentes en otros… esta facultad versátil del individuo que le hace actuar como pieza individual en diferentes sistemas al mismo tiempo, conlleva una infatigable tarea homeostática, que de manera automática y permanente ajusta los desequilibrios que sufre en sus distintos roles y actúa para mantener la estabilidad en sus diferentes entornos.

 

En la terapia de enfoque sistémico, se entiende a las familias, las parejas y a los individuos en su entorno, como sistemas, tanto en sí mismos como en sus relaciones, y a partir de esta concepción, y teniendo en cuenta el funcionamiento homeostático de los mismos, ofrece las herramientas adecuadas para que, esos sistemas, a pesar de los cambios, sigan siendo funcionales.

 

Como dijo Víctor E. Frankl, en su libro El Hombre en Busca de Sentido, “quien tiene un porqué, encontrará siempre el cómo”, pero eso no basta, porque a veces “el cómo” no es el más adecuado.

Anímate a consultarnos, valora otros enfoques, otros puntos de vista. Te podemos ayudar en la búsqueda de tu propio equilibrio.

 

Irene Candelas

Terapeuta Familiar

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